Mi vida no es como quisiera
¿Por qué elegí lo que elegí?

A veces creemos que nuestras decisiones responden únicamente a lo que deseamos, a nuestros gustos o a lo que consideramos mejor según las circunstancias que estamos viviendo.
Sin embargo, no siempre elegimos desde el lugar que imaginamos.
Muchas veces tomamos decisiones por miedo a ser juzgados, rechazados, no apreciados, a que algo vuelva a suceder; para evitar una experiencia dolorosa o para demostrarnos que somos capaces de hacer las cosas de otra manera. ¿Diferente de quién?
Ya lo veremos…
Como seres biológicos, estamos impregnados de órdenes muy precisas: sobrevivir. Como mamíferos, aprendimos que quedar excluidos de la manada representaba un riesgo de muerte. Hoy, la simple idea de no ser aceptados por nuestro grupo social o familiar puede prender alarmas que muchas veces nublan nuestro criterio.
Por otro lado, evitar el dolor —por experiencia propia y también ajena, porque a veces ni siquiera conocemos a quienes «les fue mal»— tiene mucho peso en nuestras decisiones. Tanto, que a veces podemos pasar al costado de nuestra propia vida con el único objetivo de no tomar riesgos, incluso cuando todo nuestro ser nos dice que el precio a pagar es alto.
O también por no ser como aquel al que juzgamos, o al que nuestro clan juzgó, o juzga todavía, y nos juramos: «Yo no voy a ser así», «Yo nunca voy a hacer eso».
Y, como si la única opción posible fuera hacer lo contrario de aquel comportamiento que nos trajo sufrimiento, ni siquiera nos preguntamos si existe una alternativa.
En el afán no solo de no repetir, sino también de compensar, nos pasamos al otro extremo, como un péndulo que, en lugar de perder fuerza, sigue oscilando con más intensidad que nunca, dejándonos afuera de un montón de posibilidades sin cuestionarlas siquiera.
Y así, muchas veces nos sentimos como un niño con la nariz pegada al vidrio de una juguetería, mirando lo que deseamos, pero como si no nos estuviera permitido acceder a esa felicidad: sentirnos plenos, realizados y, a veces, incluso abundantes.
Pero ¿de dónde viene esa voz interna que nos impide mismo de hacer un pequeño gesto para ver si es posible acercarnos a eso que deseamos?
Ya te vas a ir dando cuenta…
Pero antes, por ahí esa misma voz puede hacer que te preguntes: ¿qué hay de malo en sobrevivir, evitar el dolor y no cometer los mismos errores de quienes nos hicieron sufrir?
¿De malo? ¡Nada! Si estás resignada a ver pasar la vida en vez de vivirla.
Empecemos por
“elegir para sobrevivir siendo aceptadas y apreciadas”
Y si… sobrevivís, pero tiene un gusto amargo, porque hay una falsa esperanza, de que, si evito los conflictos y hago mucha, mucha atención a que nadie sufra a mi alrededor, respondiendo a las necesidades y los deseos de los demás, mismo solucionándoles los problemas; un día, alguien va a venir a darme eso que haría mi vida plena. ¿No sería justo?
Por ahí sí…, pero no sería lógico, por eso no te está pasando…
Porque cuanto más das, más perdonás, más aceptás lo inaceptable, más cedés, más sos conciliadora, sacrificada, abnegada, tan responsable que te hacés cargo de las responsabilidades de otros, tan positiva que decís que está bien cuando no, cuando hacés una sonrisa, cuando en tu estómago sentís una piedra de bronca y désillusion, más tenés esas conductas, peor es lo que recibís, peor son los resultados: Más comportamientos para aceptar y más problemas para resolver. ¿Lo notaste?
¿Cómo es la lógica?, Simple.
Los otros me tratan como yo trato. Si yo no respeto mi tiempo, mis prioridades y mis límites, los otros, como nuestros reflejos, van a mostrarnos el mismo comportamiento. No respetan mi tiempo, mis prioridades y mis límites.
¿Y por qué ese mecanismo tan simple y preciso?
¡Para que pares de hacerlo!
Porque si cada ser hubiese hecho eso, no hubiésemos evolucionado como especie.
Veamos un ejemplo:
Yo creo que mi pareja necesita un buen plato de comida cuando vuelva del trabajo porque sta trabajando mucho y con much presión, yo llego del mío re cansada, y en realidad no tengo ganas de cocinar, pero, como soy una buena esposa, consagro una hora de mi tiempo a prepararlo. Él llega, pero por estrés está mal del estómago y ...
Opción 1: como vio que yo lo preparé con amor, y porque también tiene miedo al rechazo, lo come sin ganas y empeora su mal de estómago. ( los 2 desvalorizados, sufren)
Opción 2: en respeto de su cuerpo, y no porque es mala persona, nos dice: no tengo ganas de comer).
¿Cómo te sentís? Y probablemente… mal…
y está bien que te sientas mal, así la próxima vez vos también respetás tu cuerpo y descansás. No porque seas mala persona, sino porque te querés y te cuidás.
Esto pasa así porque, mismo con todo el amor del mundo, no puedo saber lo que el otro necesita.
Si todos en cadena viviéramos para los otros, la ardilla hiciera el nido al pájaro, el pájaro a la abeja, la abeja a la víbora. No existirían los animales. Punto, Y se terminó!. Todos se equivocarían.
La naturaleza funciona porque cada uno trabaja para sí y, como consecuencia colateral, ayudan al ecosistema. El humano es el único animal que, por culpa, complica ese ritmo perfecto.
Entonces, siempre es una buena idea comunicar nuestras necesidades y permitirle en ese hermoso acto al otro comunicar la suya.
Una linda manera de empezar a elegir bien es ser sincera en las pequeñas decisiones que tomamos todos los días y así ir dibujando nuestra vida.
Sé que no es fácil cambiar conductas y patrones que llevamos arraigados desde hace años, a veces desde siempre. Pero el cambio empieza cuando decidimos dar el primer paso.
Si sentís que es momento de hacer algo diferente, puedo acompañarte en ese proceso, con calidez y dinamismo. Las sesiones pueden ser presenciales (Rive-Nord de Montréal, QC) o a distancia. Y si, es posible .
Sobrevivir para ser aceptados es solo una de las maneras en que nuestras elecciones pueden quedar condicionadas. En el próximo blog, vamos a explorar otras dos: evitar el dolor y compensar aquello que nos hizo sufrir.


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